Nada sino Cristo crucificado
Pablo llegó a propósito sin retórica impresionante, solo con Cristo crucificado, para que la fe de ellos descansara en el poder de nuestro Padre y no en la habilidad de un orador. La sabiduría que sí enseña está escondida, preparada antes de que comenzara el tiempo, y solo se conoce cuando el Espíritu de nuestro Padre la revela.
2 1Cuando fui a vosotros, hermanos y hermanas, no proclamé el testimonio de nuestro Padre con palabras elocuentes ni sabiduría. 2Porque me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado. 3Y estuve entre vosotros con debilidad, y temor, y mucho temblor. 4Ni mi mensaje ni mi predicación se apoyaron en palabras persuasivas de sabiduría, sino en demostración del Espíritu Santo y de poder, 5para que vuestra fe no descanse en la sabiduría humana, sino en el poder de nuestro Padre.
6Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez; pero no la sabiduría de este siglo, ni de los gobernantes de este siglo, que se desvanecen. 7Más bien, hablamos la sabiduría de nuestro Padre, un misterio escondido que nuestro Padre predestinó antes de los siglos para nuestra gloria. 8Ninguno de los gobernantes de este siglo la conoció; porque si la hubieran conocido, no habrían crucificado al Señor de la gloria. 9Pero, como está escrito: «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las que nuestro Padre ha preparado para los que le aman.»
10Pero a nosotros nos las reveló nuestro Padre por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades de nuestro Padre. 11Porque ¿quién conoce los pensamientos de una persona, sino el espíritu de esa persona que está en ella? Así también, nadie conoce los pensamientos de nuestro Padre, sino el Espíritu de nuestro Padre. 12Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de nuestro Padre, para que conozcamos lo que nuestro Padre nos ha concedido gratuitamente. 13De esto también hablamos, no con palabras que enseña la sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, explicando verdades espirituales a personas espirituales. 14La persona que no tiene el Espíritu no acepta lo que procede del Espíritu de nuestro Padre, pues para ella es locura; y no la puede entender, porque se ha de discernir espiritualmente. 15En cambio, la persona espiritual lo discierne todo, pero ella misma no está sujeta al juicio de nadie. 16Porque «¿quién conoció la mente de nuestro Padre, para instruirle?» Pero nosotros tenemos la mente de Cristo.