Cantad a nuestro Padre
Una invitación a cantar y arrodillarse que se vuelve de golpe una advertencia. Ya que nuestro Padre nos hizo y somos su rebaño, la voz de hoy importa: no endurezcan su corazón como en Meriba, donde toda una generación perdió el reposo que la esperaba.
95 1Venid, cantemos con gozo a nuestro Padre; aclamemos con júbilo a la Roca de nuestra salvación. 2Lleguemos ante su presencia con acción de gracias; aclamémosle con gozo entonando salmos de alabanza. 3Porque nuestro Padre es un Rey grande sobre todos los dioses. 4En su mano están las profundidades de la tierra, y suyas son las cumbres de los montes. 5Suyo es el mar, pues él lo hizo, y sus manos formaron la tierra seca.
6Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos ante nuestro Padre, nuestro Hacedor. 7Porque él es nuestro Padre, y nosotros somos el pueblo de su prado, el rebaño bajo su mano. Hoy, si oís su voz, 8no endurezcáis vuestros corazones como en Meriba, como en el día de Masah en el desierto, a a v8 Meriba y Masah: lugares en el desierto de Sinaí donde Israel exigió agua y puso a prueba a Dios (Éxodo 17:1–7).
9donde vuestros antepasados me tentaron; me pusieron a prueba, aunque habían visto mi obra. 10Durante cuarenta años me apené por aquella generación, y dije: «Es un pueblo cuyos corazones se extravían, y no han conocido mis caminos». 11Por eso juré en mi ira: «Jamás entrarán en mi reposo». b b v11 El libro de Hebreos retoma esta advertencia y muestra que el reposo que nuestro Padre ofrece se halla plenamente en Jesús: un reposo del afán, en el que se entra por la fe y nunca con corazones endurecidos.