El alma que tiene sed
Al director del coro. Salmo de sabiduría de los hijos de Coré.
Apartado del templo y hostigado con '¿Dónde está tu Dios?', el cantor recuerda cuando guiaba a la multitud en la fiesta a la que ya no puede unirse. Dos veces interroga a su alma abatida, y dos veces le responde lo mismo: espera en nuestro Padre, porque aún he de alabarlo.
42 1Como anhela el ciervo las corrientes de las aguas, así te anhela a ti mi alma, Padre mío.
2Mi alma tiene sed de mi Padre, del Padre viviente. ¿Cuándo podré venir y presentarme delante de él? 3Mis lágrimas han sido mi alimento día y noche, mientras todo el día me dicen: «¿Dónde está tu Dios?»
4De estas cosas me acuerdo, mientras derramo mi alma: de cómo iba yo con la multitud y la guiaba en procesión hasta la casa de nuestro Padre, entre voces de júbilo y cánticos de alabanza, una gran muchedumbre en fiesta.
5¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en nuestro Padre, porque volveré a alabarlo, mi salvación y mi Padre.
6Padre mío, mi alma está abatida dentro de mí; por eso me acuerdo de ti desde la tierra del Jordán y del Hermón, desde el monte Mizar.
7Un abismo llama a otro abismo a la voz de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí. 8De día nuestro Padre manda su amor fiel, y de noche su cántico está conmigo, una oración al Padre de mi vida.
9Digo a mi Padre, mi roca: «¿Por qué te has olvidado de mí? ¿Por qué he de andar enlutado por la opresión del enemigo?» 10Como una herida mortal en mis huesos, mis adversarios me afrentan, mientras todo el día me dicen: «¿Dónde está tu Dios?»
11¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en nuestro Padre, porque volveré a alabarlo, mi salvación y mi Padre.