Gustad y ved
De David, cuando fingió estar loco delante de Abimelec, quien lo echó de su presencia, y él se fue.
David escribió esto después de escapar de Abimelec fingiéndose loco. Invita a todos a probar personalmente a nuestro Padre —gustad y ved— y luego enseña con sencillez: guarda tu lengua, busca la paz. Nuestro Padre permanece cerca de los quebrantados de corazón, no solo de los rescatados.
34 1Bendeciré a nuestro Padre en todo tiempo; su alabanza estará siempre en mis labios.
2Mi alma se gloría en nuestro Padre; que los humildes oigan y se alegren. 3Engrandeced a nuestro Padre conmigo; exaltemos juntos su nombre.
4Busqué a nuestro Padre, y él me respondió; me libró de todos mis temores. 5Los que lo miran resplandecen; sus rostros jamás serán avergonzados. 6Este pobre clamó, y nuestro Padre lo oyó; lo salvó de todas sus angustias. 7El ángel de nuestro Padre acampa alrededor de los que le temen, y los libra.
8Gustad y ved que nuestro Padre es bueno; bienaventurado el que en él se refugia. 9Temed a nuestro Padre, vosotros sus santos, porque nada les falta a los que le temen. 10Los leoncillos padecen hambre y necesidad, pero a los que buscan a nuestro Padre no les falta ningún bien.
11Venid, hijos, escuchadme; os enseñaré el temor de nuestro Padre. 12¿Quién es el que desea la vida y ama muchos días buenos? 13Guarda tu lengua del mal y tus labios de hablar engaño. 14Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela.
15Los ojos de nuestro Padre están sobre los justos, y sus oídos atentos a su clamor. 16El rostro de nuestro Padre está contra los que hacen el mal, para borrar de la tierra su memoria. 17Claman los justos, y nuestro Padre los oye; los libra de todas sus angustias. 18Nuestro Padre está cerca de los quebrantados de corazón; salva a los de espíritu abatido.
19Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas nuestro Padre libra a cada uno. 20Nuestro Padre guarda todos los huesos del justo; ni uno solo de ellos será quebrantado.
21El mal matará al impío, y los que aborrecen al justo serán condenados. 22Nuestro Padre redime el alma de sus siervos; ninguno que en él se refugia será condenado.