Mi Roca, mi Refugio
Salmo de David.
David empieza con manos entrenadas para la guerra y enseguida reconoce lo poca cosa que es un hombre: un soplo, una sombra que pasa. Pide a su Padre que incline el cielo y lo libre de los mentirosos, y luego describe la paz que desea: graneros llenos e hijos que prosperan.
144 1Bendito sea mi Padre, mi roca, quien adiestra mis manos para la guerra, mis dedos para la batalla, 2mi amor fiel y mi fortaleza, mi baluarte y mi libertador, mi escudo en quien me refugio, quien somete a los pueblos debajo de mí.
3Padre mío, ¿qué es el hombre para que en él repares, el hijo del hombre para que pienses en él? 4El hombre es como un soplo; sus días son como una sombra que pasa.
5Padre mío, inclina tus cielos y desciende; toca los montes, y humearán. 6Lanza tus relámpagos y dispérsalos; arroja tus flechas y ponlos en fuga. 7Extiende tu mano desde lo alto; rescátame y líbrame de las aguas caudalosas, de la mano de los extranjeros, 8cuyas bocas hablan mentiras y cuya diestra jura en falso.
9Padre mío, te cantaré un cántico nuevo; en el arpa de diez cuerdas te haré música, 10a quien da la victoria a los reyes, quien rescata a David su siervo de la cruel espada.
11Rescátame y líbrame de la mano de los extranjeros, cuyas bocas hablan mentiras y cuya diestra jura en falso.
12Entonces nuestros hijos serán como plantas crecidas en su juventud, nuestras hijas como columnas de esquina esculpidas para un palacio. 13Nuestros graneros estarán llenos, proveyendo toda clase de productos; nuestros rebaños se multiplicarán por millares, por decenas de millares en nuestros campos; 14nuestro ganado cargado de crías, sin brecha en los muros, sin ir al cautiverio, y sin grito de angustia en nuestras calles. 15Bienaventurado el pueblo a quien tales cosas pertenecen; bienaventurado el pueblo que tiene a nuestro Padre como suyo.