Las naciones se enfurecen
2 1 ¿Por qué se enfurecen las naciones, y los pueblos traman en vano? 2 Los reyes de la tierra se levantan, y los gobernantes conspiran juntos contra nuestro Padre y contra su Ungido —Jesús—, a a v2 El Ungido —el Mesías— es Jesús. La iglesia primitiva oró este mismo salmo acerca de los gobernantes que conspiraron contra él (Hechos 4:25-26). 3 «Rompamos las cadenas que nos han puesto —dicen— y arrojemos lejos de nosotros sus cuerdas».
4 Nuestro Padre, entronizado en el cielo, se ríe; el Padre soberano se burla de ellos. 5 Entonces les hablará en su ira y los aterrará en su furor:
6 «Yo mismo he establecido a mi Rey en Sion, mi monte santo».
7 Proclamaré el decreto de nuestro Padre: él me dijo: «Tú eres mi Hijo —Jesús—; hoy te he engendrado». b b v7 El decreto eterno de nuestro Padre al Hijo. El Nuevo Testamento aplica estas palabras directamente a Jesús —Hechos 13:33, Hebreos 1:5 y Hebreos 5:5—, declarándolo el Hijo engendrado del Padre. 8 «Pídeme, y haré de las naciones tu herencia, y de los confines de la tierra tu posesión. 9 Las quebrantarás con vara de hierro; las harás pedazos como a vasija de alfarero ».
10 Ahora pues, oh reyes, sed sabios; sed advertidos, gobernantes de la tierra. 11 Servid a nuestro Padre con reverencia, y alegraos con temblor. 12 Besad al Hijo —Jesús—, no sea que se enoje y perezcáis en el camino, pues su ira puede encenderse en un momento. Bienaventurados todos los que en él se refugian. c c v12 El salmo termina con el refugio en el Hijo —Jesús—. Confiar en él es ser recibido en casa por el Padre que lo entronizó.