¿Dónde estás?
10 1 ¿Por qué, Padre nuestro, te quedas lejos? ¿Por qué te escondes en tiempos de angustia?
2 En su arrogancia el malvado persigue con furia al pobre; que caigan los malvados en las intrigas que han urdido. 3 Porque el malvado se jacta de lo que su corazón ansía; el codicioso maldice y reniega de nuestro Padre. 4 En su arrogancia el malvado no lo busca; todos sus pensamientos son: «No hay Dios». a a v4 El pensamiento arraigado del malvado —«No hay Dios»— es la antigua mentira de que nuestro Padre está distante o ausente. El salmo le responde: nuestro Padre sí ve, y defiende al desvalido. 5 Sus caminos prosperan en todo tiempo; tus juicios están en lo alto, muy por encima de él; con desdén se burla de todos sus enemigos. 6 Dice en su corazón: «Jamás seré conmovido; de generación en generación no me alcanzará la desgracia».
7 Su boca está llena de maldición y engaño y opresión; debajo de su lengua hay vejación y maldad. 8 Se sienta al acecho cerca de las aldeas; desde escondites asesina al inocente, sus ojos acechan a escondidas al desvalido. 9 Acecha en secreto como león en su guarida; acecha para atrapar al pobre, y arrastra al pobre en su red. 10 Sus víctimas son aplastadas, se desploman; los desvalidos caen por su poder. 11 Dice en su corazón: «Dios se ha olvidado; ha escondido su rostro; nunca lo verá».
12 ¡Levántate, Padre nuestro! Alza tu mano; no te olvides de los afligidos. 13 ¿Por qué reniega el malvado de nuestro Padre y dice en su corazón: «No me pedirás cuentas»? 14 Pero tú sí ves, pues tomas nota del agravio y del dolor, para tomarlo en tu propia mano. El desvalido se encomienda a ti; tú eres el amparo del huérfano. b b v14 Aquí se nombra a nuestro Padre como el amparo del huérfano, el defensor del que no tiene padre. Su corazón cobija precisamente a aquellos que nadie más protegerá. 15 Quebranta el brazo del malvado y del perverso; pídele cuentas de su maldad hasta que no halles más.
16 Nuestro Padre es rey eternamente y para siempre; las naciones perecen de su tierra. 17 Tú oyes el anhelo de los afligidos, Padre nuestro; fortalecerás su corazón; prestarás atento oído, 18 para hacer justicia al huérfano y al oprimido, para que el simple mortal no vuelva a infundir terror.