Jesús alimenta a cuatro mil
Jesús alimenta a cuatro mil, se niega a dar una señal y advierte contra la levadura de los fariseos. Un ciego ve en dos etapas. Pedro lo llama el Cristo, luego lo reprende por decir que debe morir, y es llamado Satanás, por pensar en las cosas de los hombres y no en las de nuestro Padre.
8 1En aquellos días, se reunió de nuevo una gran multitud que no tenía nada que comer. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:
2«Siento compasión por la multitud, porque hace ya tres días que están conmigo y no tienen nada que comer. 3Si los envío a casa hambrientos, desfallecerán en el camino, pues algunos han venido de lejos».
4Sus discípulos le respondieron: «¿Cómo puede alguien saciar a esta gente con pan aquí en el desierto?».
5Él les preguntó: «¿Cuántos panes tienen?». Le dijeron: «Siete».
6Mandó a la multitud sentarse en el suelo, tomó los siete panes, dio gracias, los partió y los entregó a sus discípulos para que los sirvieran a la gente; y ellos los sirvieron a la multitud. 7Tenían también unos pocos pececillos; después de bendecirlos, mandó a los discípulos que también los sirvieran a la gente. 8Y comieron y quedaron satisfechos. Y recogieron siete canastas con los pedazos que sobraron. 9Eran unas cuatro mil personas. Y los despidió.
10Enseguida subió a la barca con sus discípulos y fue a la región de Dalmanuta.
Una generación que exige señales
11Vinieron los fariseos y comenzaron a discutir con él, poniéndolo a prueba al exigirle una señal del cielo.
12Suspirando profundamente en su espíritu, dijo: «¿Por qué exige una señal esta generación? De cierto les digo que a esta generación no se le dará ninguna señal».
13Y dejándolos, subió de nuevo a la barca y se fue a la otra orilla.
Cuídense de la levadura de los fariseos
14Se habían olvidado de llevar pan; solo tenían un pan consigo en la barca.
15Y él les advirtió: «Estén atentos; cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes».
16Y comenzaron a discutir unos con otros que no tenían pan.
17Sabiéndolo, Jesús les preguntó: «¿Por qué discuten que no tienen pan? ¿Todavía no ven ni entienden? ¿Tienen endurecido el corazón? 18Teniendo ojos, ¿no ven? Y teniendo oídos, ¿no oyen? ¿Y no se acuerdan? 19Cuando partí los cinco panes para los cinco mil, ¿cuántas canastas llenas de pedazos recogieron?». Le dijeron: «Doce».
20«Y cuando partí los siete para los cuatro mil, ¿cuántas canastas llenas de pedazos recogieron?». Le dijeron: «Siete».
21Y les dijo: «¿Todavía no entienden?».
Un ciego recibe la vista
22Llegaron a Betsaida, donde le trajeron un ciego y le rogaron a Jesús que lo tocara.
23Tomó de la mano al ciego, lo sacó fuera de la aldea, le puso saliva en los ojos, puso las manos sobre él y le preguntó: «¿Ves algo?».
24Él levantó la mirada y dijo: «Veo a la gente, pero parecen árboles que caminan».
25Entonces Jesús le puso otra vez las manos sobre los ojos; él miró fijamente, quedó restablecido y veía todo con claridad.
26Y lo envió a su casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en la aldea».
¿Quién dicen ustedes que soy?
27Jesús y sus discípulos fueron a las aldeas de Cesarea de Filipo. En el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?».
28Ellos le respondieron: «Juan el Bautista; y otros dicen que Elías; y otros, que uno de los profetas».
29Entonces les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro le respondió: «Tú eres el Cristo».
30Y él les advirtió severamente que no hablaran de él a nadie.
El Hijo del Hombre debe padecer
31Comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, ser muerto, y resucitar después de tres días. 32Esto lo dijo claramente. Y Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo.
33Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro: «¡Apártate de mí, Satanás! Porque no pones tu mente en las cosas de nuestro Padre, sino en las de los hombres».
34Llamó a la multitud y a sus discípulos, y les dijo: «Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. 35Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por las buenas nuevas, la salvará. 36¿De qué le sirve a una persona ganar el mundo entero y perder su alma? 37Pues ¿qué puede dar una persona a cambio de su alma? 38Porque de cualquiera que se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles».