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♥ Reseñas

Lucas 7

Libro

La fe de un soldado asombra a Jesús

Un oficial romano dice que basta una palabra a distancia, y Jesús llama a eso una fe sin igual en Israel. Detiene un funeral y le devuelve a una viuda su hijo. Juan, en la cárcel, pregunta si él es el que había de venir. Una mujer de mala fama llora sobre él.

Capítulo 7.

Cuando terminó de decir todas estas cosas al pueblo, entró en Capernaúm. El siervo de un centurión, a quien este apreciaba mucho, estaba enfermo y a punto de morir. Al oír hablar de Jesús, el centurión le envió unos ancianos de los judíos, pidiéndole que viniera a sanar a su siervo. Al llegar a Jesús, le rogaron con insistencia: «Merece que le concedas esto, porque ama a nuestra nación, y él mismo nos edificó la sinagoga». Jesús fue con ellos. Ya estaba cerca de la casa cuando el centurión envió a unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo. Por eso ni siquiera me atreví a ir a ti. Pero di la palabra, y mi siervo quedará sano. Porque yo también soy hombre bajo autoridad, y tengo soldados a mis órdenes. A uno le digo: “Ve”, y va; y a otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace».

Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose a la multitud que lo seguía, dijo: «Os digo que ni aun en Israel he hallado una fe tan grande».

Y cuando los enviados regresaron a la casa, hallaron sano al siervo.

Jesús resucita al hijo de una viuda

Poco después, fue a una ciudad llamada Naín, y con él iban sus discípulos y una gran multitud. Al acercarse a la puerta de la ciudad, sacaban a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y una gran multitud de la ciudad iba con ella.

Cuando el Señor la vio, sintió compasión por ella y le dijo: «No llores». Se acercó y tocó el féretro; los que lo llevaban se detuvieron, y él dijo: «Joven, a ti te digo: levántate».

Y el muerto se incorporó y comenzó a hablar, y Jesús lo entregó a su madre.

El temor se apoderó de todos, y alababan a nuestro Padre, diciendo: «¡Un gran profeta se ha levantado entre nosotros!» «¡Nuestro Padre ha visitado a su pueblo!» Y esta noticia acerca de él se difundió por toda Judea y por toda la región de alrededor.

Juan pregunta: ¿Eres tú aquel?

Los discípulos de Juan le contaron todas estas cosas. Entonces Juan llamó a dos de sus discípulos, y los envió al Señor, para preguntarle: «¿Eres tú aquel que ha de venir, o esperaremos a otro?» Cuando los hombres llegaron a él, le dijeron: «Juan el Bautista nos ha enviado a ti, para preguntarte: “¿Eres tú aquel que ha de venir, o esperaremos a otro?”»

En aquella misma hora sanó a muchos de enfermedades, plagas y espíritus malignos, y a muchos ciegos les dio la vista.

Y les respondió: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncian buenas nuevas. Y bienaventurado el que no halle tropiezo en mí».

Cuando se fueron los mensajeros de Juan, Jesús comenzó a hablar a las multitudes acerca de Juan: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿Qué salisteis, pues, a ver? ¿A un hombre vestido con ropas delicadas? Mirad, los que se visten con esplendor y viven entre lujos están en los palacios de los reyes. Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es aquel de quien está escrito: “Mira, yo envío a mi mensajero delante de tu rostro, el cual preparará tu camino delante de ti”.

Os digo que entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan; sin embargo, el más pequeño en el reino de nuestro Padre es mayor que él».

(Cuando todo el pueblo y los cobradores de impuestos oyeron esto, reconocieron como justo a nuestro Padre, pues habían sido bautizados con el bautismo de Juan; pero los fariseos y los intérpretes de la ley rechazaron para sí mismos el propósito de nuestro Padre, no habiéndose dejado bautizar por él).

«¿Con qué, pues, compararé a la gente de esta generación, y a qué se parecen? Son semejantes a los niños que se sientan en la plaza y se gritan unos a otros: “Os tocamos la flauta, y no bailasteis; entonamos un canto fúnebre, y no llorasteis”. Porque vino Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: “Tiene un demonio”. Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: “Mirad, un comilón y un bebedor, amigo de cobradores de impuestos y de pecadores”. Pero la sabiduría queda justificada por todos sus hijos». a a v35 La sabiduría se demuestra por lo que produce: las sanidades de Jesús y las buenas nuevas muestran quién es él verdaderamente.

Mucho le fue perdonado, mucho amó

Un fariseo lo invitó a comer con él; y entrando en la casa del fariseo, se reclinó a la mesa. Una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que él estaba reclinado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume. Y colocándose detrás de él, a sus pies, llorando, comenzó a mojarle los pies con sus lágrimas, se los secaba con sus cabellos, le besaba los pies y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó para sí: «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo toca, pues es una pecadora».

Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte». Y él dijo: «Dilo, Maestro».

«Un prestamista tenía dos deudores. Uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta. Como ninguno de los dos tenía con qué pagar, les perdonó la deuda a ambos. ¿Cuál de ellos, pues, lo amará más?»

Simón respondió: «Supongo que aquel a quien le perdonó la mayor deuda». Jesús le dijo: «Has juzgado rectamente».

Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para los pies; pero ella me ha mojado los pies con sus lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. No me diste beso alguno; pero ella, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite; pero ella ha ungido mis pies con perfume. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama». Y a ella le dijo: «Tus pecados te son perdonados».

Entonces los que estaban a la mesa con él comenzaron a decir entre sí: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?»

Y dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado; ve en paz».

A young man reading the Father's Heart Bible print edition in a coffee shop Ya impreso

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