La fe de un soldado asombra a Jesús
Un oficial romano dice que basta una palabra a distancia, y Jesús llama a eso una fe sin igual en Israel. Detiene un funeral y le devuelve a una viuda su hijo. Juan, en la cárcel, pregunta si él es el que había de venir. Una mujer de mala fama llora sobre él.
7 1Cuando terminó de decir todas estas cosas al pueblo, entró en Capernaúm. 2El siervo de un centurión, a quien este apreciaba mucho, estaba enfermo y a punto de morir. 3Al oír hablar de Jesús, el centurión le envió unos ancianos de los judíos, pidiéndole que viniera a sanar a su siervo. 4Al llegar a Jesús, le rogaron con insistencia: «Merece que le concedas esto, 5porque ama a nuestra nación, y él mismo nos edificó la sinagoga». 6Jesús fue con ellos. Ya estaba cerca de la casa cuando el centurión envió a unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo. 7Por eso ni siquiera me atreví a ir a ti. Pero di la palabra, y mi siervo quedará sano. 8Porque yo también soy hombre bajo autoridad, y tengo soldados a mis órdenes. A uno le digo: “Ve”, y va; y a otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace».
9Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose a la multitud que lo seguía, dijo: «Os digo que ni aun en Israel he hallado una fe tan grande».
10Y cuando los enviados regresaron a la casa, hallaron sano al siervo.
Jesús resucita al hijo de una viuda
11Poco después, fue a una ciudad llamada Naín, y con él iban sus discípulos y una gran multitud. 12Al acercarse a la puerta de la ciudad, sacaban a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y una gran multitud de la ciudad iba con ella.
13Cuando el Señor la vio, sintió compasión por ella y le dijo: «No llores». 14Se acercó y tocó el féretro; los que lo llevaban se detuvieron, y él dijo: «Joven, a ti te digo: levántate».
15Y el muerto se incorporó y comenzó a hablar, y Jesús lo entregó a su madre.
16El temor se apoderó de todos, y alababan a nuestro Padre, diciendo: «¡Un gran profeta se ha levantado entre nosotros!» «¡Nuestro Padre ha visitado a su pueblo!» 17Y esta noticia acerca de él se difundió por toda Judea y por toda la región de alrededor.
Juan pregunta: ¿Eres tú aquel?
18Los discípulos de Juan le contaron todas estas cosas. Entonces Juan llamó a dos de sus discípulos, 19y los envió al Señor, para preguntarle: «¿Eres tú aquel que ha de venir, o esperaremos a otro?» 20Cuando los hombres llegaron a él, le dijeron: «Juan el Bautista nos ha enviado a ti, para preguntarte: “¿Eres tú aquel que ha de venir, o esperaremos a otro?”»
21En aquella misma hora sanó a muchos de enfermedades, plagas y espíritus malignos, y a muchos ciegos les dio la vista.
22Y les respondió: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncian buenas nuevas. 23Y bienaventurado el que no halle tropiezo en mí».
24Cuando se fueron los mensajeros de Juan, Jesús comenzó a hablar a las multitudes acerca de Juan: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? 25¿Qué salisteis, pues, a ver? ¿A un hombre vestido con ropas delicadas? Mirad, los que se visten con esplendor y viven entre lujos están en los palacios de los reyes. 26Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. 27Este es aquel de quien está escrito: “Mira, yo envío a mi mensajero delante de tu rostro, el cual preparará tu camino delante de ti”.
28Os digo que entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan; sin embargo, el más pequeño en el reino de nuestro Padre es mayor que él».
29(Cuando todo el pueblo y los cobradores de impuestos oyeron esto, reconocieron como justo a nuestro Padre, pues habían sido bautizados con el bautismo de Juan; 30pero los fariseos y los intérpretes de la ley rechazaron para sí mismos el propósito de nuestro Padre, no habiéndose dejado bautizar por él).
31«¿Con qué, pues, compararé a la gente de esta generación, y a qué se parecen? 32Son semejantes a los niños que se sientan en la plaza y se gritan unos a otros: “Os tocamos la flauta, y no bailasteis; entonamos un canto fúnebre, y no llorasteis”. 33Porque vino Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: “Tiene un demonio”. 34Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: “Mirad, un comilón y un bebedor, amigo de cobradores de impuestos y de pecadores”. 35Pero la sabiduría queda justificada por todos sus hijos». a a v35 La sabiduría se demuestra por lo que produce: las sanidades de Jesús y las buenas nuevas muestran quién es él verdaderamente.
Mucho le fue perdonado, mucho amó
36Un fariseo lo invitó a comer con él; y entrando en la casa del fariseo, se reclinó a la mesa. 37Una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que él estaba reclinado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume. 38Y colocándose detrás de él, a sus pies, llorando, comenzó a mojarle los pies con sus lágrimas, se los secaba con sus cabellos, le besaba los pies y se los ungía con el perfume. 39Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó para sí: «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo toca, pues es una pecadora».
40Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte». Y él dijo: «Dilo, Maestro».
41«Un prestamista tenía dos deudores. Uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta. 42Como ninguno de los dos tenía con qué pagar, les perdonó la deuda a ambos. ¿Cuál de ellos, pues, lo amará más?»
43Simón respondió: «Supongo que aquel a quien le perdonó la mayor deuda». Jesús le dijo: «Has juzgado rectamente».
44Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para los pies; pero ella me ha mojado los pies con sus lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. 45No me diste beso alguno; pero ella, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. 46No ungiste mi cabeza con aceite; pero ella ha ungido mis pies con perfume. 47Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama». 48Y a ella le dijo: «Tus pecados te son perdonados».
49Entonces los que estaban a la mesa con él comenzaron a decir entre sí: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?»
50Y dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado; ve en paz».