El Padre provee ciudades de refugio
Nuestro Padre aparta seis ciudades para que quien mate sin intención pueda huir a algún lugar y ser oído antes de que lo maten en represalia. Las reglas son precisas: exponer su caso a la puerta, quedarse hasta el juicio y permanecer allí hasta que muera el sumo sacerdote.
20 1Entonces nuestro Padre habló a Josué:
2«Diles a los israelitas: “Designen para ustedes las ciudades de refugio de las que les hablé por medio de Moisés, 3para que cualquiera que mate a alguien por accidente, sin saberlo, pueda huir allá: un refugio para ustedes del vengador de la sangre. 4El que huya a una de estas ciudades se pondrá de pie a la entrada de la puerta de la ciudad y expondrá su caso a los ancianos de esa ciudad. Ellos lo acogerán, le darán un lugar y lo dejarán vivir entre ellos. 5Si el vengador de la sangre lo persigue, no deberán entregarle al homicida, porque hirió a su prójimo sin saberlo, sin haberlo odiado antes. 6Deberá permanecer en esa ciudad hasta que comparezca a juicio ante la asamblea, y hasta que muera el sumo sacerdote que sirva en aquel tiempo. Entonces el homicida podrá regresar a su propia ciudad y a su casa, al pueblo del que huyó”».
7Apartaron Cedes en Galilea, en los montes de Neftalí; Siquem, en los montes de Efraín; y Quiriat-arba (Hebrón), en los montes de Judá. 8Al otro lado del Jordán, al oriente de Jericó, dieron Beser en el desierto, en la meseta, de la tribu de Rubén; Ramot en Galaad, de la tribu de Gad; y Golán en Basán, de la tribu de Manasés. 9Estas fueron las ciudades designadas para todos los israelitas y para los extranjeros que vivían entre ellos, para que cualquiera que matara a alguien sin intención pudiera huir allá y no muriera a mano del vengador de la sangre antes de comparecer a juicio ante la asamblea.