El Padre muestra a Jeremías dos canastas de higos
Dos cestas de higos están delante del templo. Los buenos son los exiliados ya llevados a Babilonia: a ellos nuestro Padre los plantará de nuevo y les dará un corazón para conocerlo. Los malos son Sedequías y los que siguen en Jerusalén, que creían haberse librado.
24 1Nuestro Padre me mostró dos canastas de higos colocadas delante del templo de nuestro Padre, después de que Nabucodonosor, rey de Babilonia, deportó de Jerusalén a Babilonia a Jeconías hijo de Joacim, rey de Judá, junto con los oficiales de Judá, los artesanos y los herreros. 2Una canasta tenía higos muy buenos, como los que maduran primero; la otra tenía higos tan malos que no se podían comer.
3Entonces nuestro Padre me preguntó: «¿Qué ves, Jeremías?». «Higos», respondí; «los buenos, muy buenos; los malos, tan malos que no se pueden comer».
4Entonces vino a mí la palabra de nuestro Padre:
5«Así dice nuestro Padre de Israel: Como a estos higos buenos, así consideraré para bien a los deportados de Judá, a quienes envié de este lugar a la tierra de los babilonios.
6«Pondré mis ojos sobre ellos para bien, y los haré volver a esta tierra; los edificaré y no los destruiré, los plantaré y no los arrancaré. 7Les daré un corazón para que me conozcan como Padre; ellos serán mis hijos, y yo seré su Padre, porque volverán a mí de todo corazón».
8«Pero como a los higos malos, tan podridos que no se pueden comer —dice nuestro Padre—, así trataré a Sedequías, rey de Judá, a sus oficiales y al resto de Jerusalén que quedó en esta tierra o en Egipto.
9«Los convertiré en horror y calamidad para todos los reinos de la tierra, en afrenta, escarnio, burla y maldición dondequiera que los disperse. 10Enviaré contra ellos espada, hambre y peste, hasta que desaparezcan de la tierra que les di a ellos y a sus antepasados».