El rollo dulce como la miel
Se come el rollo y le sabe dulce como la miel; luego es llevado a los exiliados en Tel-abib, donde se sienta aturdido entre ellos siete días. Nuestro Padre lo pone por atalaya, responsable de advertir, y después le ata la lengua para que hable solo cuando se le den palabras.
3 1Me dijo: «Hijo de hombre, come lo que tienes delante. Come este rollo, y luego ve y habla a la casa de Israel».
2Entonces abrí mi boca, y me dio a comer este rollo.
3Y me dijo: «Hijo de hombre, alimenta tu estómago y llena tu vientre con este rollo que te doy». Lo comí, y en mi boca fue dulce como la miel.
4Luego me dijo: «Hijo de hombre, ve a la casa de Israel y háblales mis palabras.
5»Porque no eres enviado a un pueblo de habla incomprensible y lengua difícil, sino a la casa de Israel, 6no a muchos pueblos de habla incomprensible y lengua difícil, cuyas palabras no puedas entender. Ciertamente, si te hubiera enviado a ellos, te escucharían. 7Pero la casa de Israel no querrá escucharte, porque no quieren escucharme a mí; pues toda la casa de Israel es de frente obstinada y de corazón terco. 8Mira, he hecho tu rostro tan duro como los rostros de ellos, y tu frente tan dura como sus frentes. 9He hecho tu frente como el diamante, más dura que el pedernal. No los temas ni te asustes ante sus miradas, porque son una casa rebelde».
10Me dijo: «Hijo de hombre, recibe en tu corazón todas mis palabras que te hablo, y escúchalas con tus oídos. 11Ve a los desterrados, a tu propio pueblo, y háblales. Diles: “Así dice el Padre Soberano”, ya sea que escuchen o que se nieguen a escuchar».
12Entonces el Espíritu de nuestro Padre me levantó, y detrás de mí oí un gran estruendo: «¡Bendita sea la gloria de nuestro Padre desde su morada!» 13el sonido de las alas de los seres vivientes que se rozaban unas con otras, y el sonido de las ruedas junto a ellos, un sonido de gran estruendo. 14El Espíritu me levantó y me llevó, y fui con amargura, ardiendo mi espíritu dentro de mí, con la mano de nuestro Padre fuerte sobre mí. 15Llegué a los desterrados en Tel-abib, junto al canal de Quebar, y allí me senté entre ellos, abrumado, siete días.
Nuestro Padre nombra un centinela
16Al cabo de siete días, vino a mí la palabra de nuestro Padre:
17«Hijo de hombre, te he puesto por centinela para la casa de Israel. Cuando oigas una palabra de mi boca, adviérteles de mi parte. 18Si yo le digo al malvado: “Ciertamente morirás”, y tú no lo adviertes ni le hablas para advertir al malvado que se aparte de su mal camino a fin de salvar su vida, ese malvado morirá por su pecado, pero yo te pediré cuentas de su sangre.
19»Pero si tú adviertes al malvado y él no se aparta de su maldad ni de su mal camino, él morirá por su pecado, pero tú habrás salvado tu vida.
20»Asimismo, cuando un justo se aparta de su justicia y hace lo malo, y yo pongo un tropiezo delante de él, morirá. Como no lo advertiste, morirá por su pecado, y sus obras justas no serán recordadas; y yo te pediré cuentas de su sangre. 21Pero si tú adviertes al justo para que no peque, y él no peca, vivirá porque atendió la advertencia, y tú habrás salvado tu vida».
22La mano de nuestro Padre estuvo allí sobre mí, y me dijo: «Levántate, sal al valle, y allí hablaré contigo».
23Así que me levanté y salí al valle, y allí estaba la gloria de nuestro Padre, como la gloria que había visto junto al canal de Quebar, y caí sobre mi rostro.
24El Espíritu entró en mí, me puso en pie, habló conmigo y dijo: «Ve, enciérrate dentro de tu casa. 25Y a ti, hijo de hombre, te atarán con cuerdas y te sujetarán con ellas, de modo que no podrás salir entre el pueblo.
26Haré que tu lengua se pegue al paladar; quedarás mudo, sin poder reprenderlos, porque son una casa rebelde. 27Pero cuando yo hable contigo, abriré tu boca, y les dirás: “Así dice el Padre Soberano”. El que quiera escuchar, que escuche; y el que quiera negarse, que se niegue, porque son una casa rebelde».