El Padre desenvaina su espada
Espada tras espada. Nuestro Padre desenvaina su propia hoja contra justos e impíos por igual y le dice a Ezequiel que gima en voz alta y bata las manos para que la gente sienta lo que viene. El rey de Babilonia agita flechas en una encrucijada, y la suerte cae sobre Jerusalén.
21 1Vino a mí la palabra de nuestro Padre:
2Hijo de hombre, vuelve tu rostro hacia Jerusalén, predica contra sus santuarios, profetiza contra la tierra de Israel, 3y di a la tierra de Israel: «Así dice tu Padre: Yo estoy contra ti. Sacaré mi espada de su vaina y cortaré de ti tanto al justo como al malvado. 4Porque he de cortar de ti tanto al justo como al malvado, mi espada saldrá de su vaina contra todos, desde el sur hasta el norte. 5Entonces todos sabrán que yo soy el Padre. He sacado mi espada de su vaina, y no volverá más a ella.
6Y tú, hijo de hombre, ¡gime! Gime ante sus ojos con el corazón quebrantado y amarga aflicción. 7Y cuando te pregunten: “¿Por qué gimes?”, di: “Por la noticia que viene. Todo corazón desfallecerá, toda mano se debilitará, todo espíritu se abatirá, toda rodilla se volverá como agua. Mira, ya viene, y sin falta sucederá, declara el Padre soberano.”»
8Vino a mí la palabra de nuestro Padre:
9Hijo de hombre, profetiza y di: Así dice el Padre soberano: «Una espada, una espada, afilada y también pulida, 10afilada para la matanza, pulida para relampaguear como el rayo. ¿Habremos, pues, de alegrarnos? La espada desprecia el cetro de mi hijo, como desprecia a todo árbol. 11La espada está destinada a ser pulida, para empuñarla en la mano; está afilada y pulida, lista para la mano del verdugo. 12Gime y clama, hijo de hombre, porque viene contra mi pueblo; viene contra todos los príncipes de Israel. Son entregados a la espada junto con mi pueblo. Por eso, golpéate el muslo de dolor. 13Ciertamente será puesta a prueba. ¿Y qué, si aun el cetro que ella desprecia dejara de existir? declara el Padre soberano. 14»Así que tú, hijo de hombre, profetiza y bate palmas. Que caiga la espada dos veces, y aun tres veces: una espada para la matanza, una espada para la gran matanza, que los cerca por todos lados, 15para que los corazones desfallezcan y sean muchos los caídos. En todas sus puertas he puesto la espada para la matanza. ¡Ah! Está hecha para relampaguear como el rayo, está desenvainada para la matanza. 16Corta a la derecha, luego a la izquierda, dondequiera que se vuelva tu filo. 17También yo batiré palmas, y mi furor se aplacará. Yo, tu Padre, he hablado.»
18Vino a mí la palabra de nuestro Padre:
19«Hijo de hombre, traza dos caminos por donde venga la espada del rey de Babilonia; ambos han de salir de una misma tierra. Pon una señal donde el camino se bifurca hacia una ciudad. 20Traza un camino para que la espada venga contra Rabá de los amonitas, y otro contra Judá y contra la fortificada Jerusalén. 21El rey de Babilonia se detiene en la encrucijada, donde se separan los dos caminos, para buscar un presagio: sacude las flechas, consulta los ídolos domésticos, examina el hígado. a a v21 Sacudir las flechas, consultar los ídolos domésticos y examinar el hígado de un animal eran tres métodos babilónicos de adivinación, usados aquí para decidir cuál ciudad atacar primero. 22En su mano derecha cae la suerte de Jerusalén: para colocar arietes, dar la orden de matanza, alzar el grito de guerra, colocar arietes contra las puertas, levantar una rampa y edificar torres de asedio. 23Les parecerá un presagio falso a quienes le habían jurado lealtad, pero él les recordará su culpa y los apresará.
24Por eso, así dice el Padre soberano: “Por cuanto habéis traído vuestra culpa a la memoria con vuestra rebelión abierta, dejando al descubierto vuestros pecados en todo lo que hacéis; por cuanto sois recordados, seréis apresados por la mano del rey de Babilonia. 25Y tú, profano y malvado príncipe de Israel, ha llegado tu día, el tiempo de tu castigo final. 26Así dice el Padre soberano: Quita el turbante, arranca la corona. Nada queda como estaba: lo bajo se levanta en alto, y lo alto se abate. 27¡Ruina! ¡Ruina! ¡La convertiré en ruina! No será restaurada hasta que venga aquel a quien por derecho pertenece; a él le daré la corona.”» b b v27 Nuestro Padre no está destruyendo el trono para siempre; lo está guardando para el Rey legítimo. Esto apunta más allá de todo gobernante fracasado, hacia Jesús, aquel a quien verdaderamente pertenece el reino (Lucas 1:32-33).
28Y tú, hijo de hombre, profetiza y di: Así dice el Padre soberano acerca de los amonitas y de sus burlas. Di: «Una espada, una espada, desenvainada para la matanza, pulida para devorar y relampaguear como el rayo! 29“A pesar de las visiones falsas acerca de ti y de las adivinaciones mentirosas, será puesta sobre los cuellos de los malvados que han de ser degollados, cuyo día ha llegado, el tiempo de su castigo final. 30¡Vuelve la espada a su vaina! En el lugar donde fuiste creado, en la tierra de tu origen, te juzgaré. 31Derramaré sobre ti mi indignación; exhalaré contra ti el fuego de mi ira y te entregaré en manos de hombres brutales, diestros en la destrucción. 32Serás pasto del fuego, tu sangre será derramada en tu tierra, y no serás recordado más. Porque yo, el Padre, he hablado.”»