Daniel intercede por su pueblo
Al leer los setenta años de Jeremías, Daniel ora al Padre Soberano una confesión que dice nosotros, no ellos: nosotros hemos pecado, nosotros no escuchamos. Gabriel llega mientras aún habla, con una respuesta sobre setenta semanas, un Ungido quitado de en medio y una desolación decretada.
9 1En el año primero de Darío hijo de Asuero, un medo, que fue hecho rey sobre el reino de los babilonios. 2En el año primero de su reinado, yo, Daniel, comprendí en los libros el número de los años que nuestro Padre había dicho al profeta Jeremías: setenta, para cumplir las desolaciones de Jerusalén. 3Así que volví mi rostro al Padre soberano, para buscarlo en oración y ruego, con ayuno, cilicio y ceniza.
4Oré a mi Padre, y confesé: «Padre soberano, grande y temible, que guardas el pacto y el amor fiel con los que te aman y guardan tus mandamientos, 5hemos pecado, hemos hecho iniquidad, hemos hecho lo malo, nos hemos rebelado, apartándonos de tus mandamientos y de tus ordenanzas. 6No hemos escuchado a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a nuestros reyes, príncipes, antepasados y a todo el pueblo de la tierra.
7Tuya es la justicia, Padre soberano, pero nuestra es la vergüenza que hoy cubre nuestro rostro: la de los hombres de Judá, los habitantes de Jerusalén y todo Israel, los de cerca y los de lejos, en todas las tierras adonde los echaste por su infidelidad contra ti. 8Oh, nuestro Padre, nuestra es la vergüenza del rostro, la de nuestros reyes, príncipes y antepasados, porque hemos pecado contra ti. 9Del Padre soberano son la misericordia y el perdón, aunque nos hemos rebelado contra él, 10y no obedecimos la voz de nuestro Padre para andar en sus leyes, que él nos puso delante por medio de sus siervos los profetas. 11Todo Israel quebrantó tu ley y se apartó, negándose a obedecer tu voz. Por eso se derramó sobre nosotros la maldición y el juramento que está escrito en la ley de Moisés, siervo de nuestro Padre, porque contra él pecamos. 12Y él confirmó la palabra que había hablado contra nosotros y contra nuestros jueces que nos gobernaron, trayendo sobre nosotros tan grande calamidad; pues nunca bajo todo el cielo se hizo nada semejante a lo que se hizo en Jerusalén. 13Conforme a lo que está escrito en la ley de Moisés, toda esta calamidad vino sobre nosotros; y no hemos buscado el favor de nuestro Padre, apartándonos de nuestras iniquidades y entendiendo tu verdad. 14Por eso nuestro Padre dispuso la calamidad y la trajo sobre nosotros, porque justo es nuestro Padre en todas las obras que hace; pero nosotros no obedecimos su voz.
15Y ahora, Padre soberano, que sacaste a tu pueblo de la tierra de Egipto con mano poderosa y te hiciste un nombre que permanece hasta hoy: hemos pecado, hemos hecho lo malo. 16Padre soberano, conforme a todos tus actos de justicia, aparta ahora tu ira y tu furor de tu ciudad Jerusalén, tu monte santo; porque por nuestros pecados y por las iniquidades de nuestros antepasados, Jerusalén y tu pueblo son el oprobio de todos los que nos rodean.
17Ahora pues, nuestro Padre, oye la oración de tu siervo y sus ruegos, y haz resplandecer tu rostro sobre tu santuario asolado, por amor de ti mismo, Padre soberano. 18Inclina, Padre mío, tu oído, y oye; abre tus ojos y mira nuestras desolaciones y la ciudad sobre la cual es invocado tu nombre; porque no elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestra justicia, sino en tu gran misericordia. 19¡Padre soberano, oye! ¡Padre soberano, perdona! ¡Padre soberano, atiende y actúa! No tardes, por amor de ti mismo, Padre mío, porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo.»
El Padre envía a Gabriel con una respuesta
20Aún estaba yo hablando y orando, confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y presentando mi ruego ante mi Padre por el monte santo de mi Padre, 21aún estaba hablando en oración, cuando Gabriel, el varón que había visto antes en la visión, vino a mí volando con presteza, hacia la hora de la ofrenda de la tarde. a a v21 La ofrenda de la tarde se hacía alrededor de las tres de la tarde.
22Y me hizo entender, hablando conmigo y diciendo: «Daniel, ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento. 23Al comenzar tus ruegos salió la palabra, y yo he venido para enseñártela, porque tú eres muy amado. Considera, pues, la palabra, y entiende la visión:
24«Setenta semanas están decretadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para poner fin a la transgresión, acabar con el pecado, expiar la iniquidad, traer la justicia eterna, sellar la visión y la profecía, y ungir el lugar santísimo. b b v24 «Setenta semanas» traduce una frase hebrea que significa setenta períodos de siete, probablemente 490 años en total.
25Sabe, pues, y entiende: desde que salga la orden para restaurar y reedificar Jerusalén hasta la venida del Ungido —Jesús, el Príncipe— habrá siete semanas y sesenta y dos semanas. Será reedificada con plazas y foso, pero en tiempos angustiosos. 26Y después de las sesenta y dos semanas el Ungido —Jesús— será quitado, y no tendrá nada. El pueblo del príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario. Su fin llegará como una inundación, y hasta el fin habrá guerra; las desolaciones están decretadas. 27Confirmará el pacto con muchos por una semana; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Sobre un ala del templo pondrá la abominación que causa desolación, hasta que el fin decretado se derrame sobre el desolador.»