Josías anda en los caminos del Padre
Josías empieza a buscar a nuestro Padre siendo muchacho y purga los santuarios. Al reparar el templo aparece el Libro de la Ley; rasga sus vestiduras y consulta a Hulda, quien le dice que la calamidad es segura, pero no en sus días, porque su corazón fue sensible.
34 1Josías tenía ocho años cuando comenzó a reinar, y reinó treinta y un años en Jerusalén. 2E hizo lo recto ante los ojos de nuestro Padre, y anduvo en los caminos de David su padre, sin apartarse ni a la derecha ni a la izquierda.
3En el octavo año de su reinado, siendo aún muchacho, comenzó a buscar a nuestro Padre, el Dios de David su padre. En el año duodécimo comenzó a limpiar a Judá y a Jerusalén de los lugares altos, las imágenes de Asera, las imágenes talladas y las imágenes de fundición. 4En su presencia derribaron los altares de los baales; y él cortó las imágenes para el sol que estaban encima de ellos, hizo pedazos las imágenes de Asera, las imágenes talladas y las de fundición, las molió hasta hacerlas polvo, y lo esparció sobre los sepulcros de los que les habían ofrecido sacrificios. 5Quemó los huesos de los sacerdotes sobre sus altares, y así limpió a Judá y a Jerusalén. 6En las ciudades de Manasés, Efraín y Simeón, hasta Neftalí, en sus ruinas por todos lados. a a v6 Las ciudades del norte que Josías visitó habían quedado en gran parte en ruinas a causa de la conquista y deportación asirias de décadas atrás. 7Derribó los altares, redujo a polvo las imágenes de Asera y las imágenes talladas, y cortó todos los altares para el incienso por toda la tierra de Israel. Luego regresó a Jerusalén.
8En el año dieciocho de su reinado, después de haber limpiado la tierra y la casa, envió a Safán hijo de Azalía, a Maasías gobernador de la ciudad, y a Joa hijo de Joacaz el cronista, para reparar la casa de nuestro Padre. 9Vinieron a Hilcías el sumo sacerdote y entregaron el dinero que había sido traído a la casa de nuestro Padre, el cual los levitas que guardaban las puertas habían recogido de Manasés, de Efraín y de todo el remanente de Israel, de todo Judá y Benjamín, y de los habitantes de Jerusalén. 10Lo entregaron a los que dirigían la obra de la casa de nuestro Padre, y los que trabajaban en la casa de nuestro Padre lo usaron para repararla y restaurarla. 11Pagaron a los carpinteros y a los constructores para comprar piedra labrada, y madera para las vigas y los armazones de los edificios que los reyes de Judá habían dejado caer en ruinas. 12Y estos hombres trabajaban fielmente. Sobre ellos, dirigiendo la obra, estaban Jahat y Abdías, levitas de los hijos de Merari, y Zacarías y Mesulam de los coatitas; y los levitas, todos hábiles con instrumentos de música, 13estaban sobre los cargadores, dirigiendo a todos los obreros tarea por tarea. Algunos de los levitas eran escribas, oficiales y porteros.
Hilcías halla el libro de la ley
14Al sacar el dinero que había sido traído a la casa de nuestro Padre, Hilcías el sacerdote halló el libro de la ley de nuestro Padre, dada por medio de Moisés. 15Y dijo Hilcías a Safán el escriba: «He hallado el libro de la ley en la casa de nuestro Padre», y dio el libro a Safán.
16Safán llevó el libro al rey, y le dio cuenta, diciendo: «Tus siervos hacen todo lo que se les ha encomendado. 17Han vaciado el dinero que se halló en la casa de nuestro Padre, y lo han entregado a los supervisores y a los obreros». 18Además, Safán el escriba declaró al rey, diciendo: «El sacerdote Hilcías me dio un libro», y leyó Safán en él delante del rey.
19Cuando el rey oyó las palabras de la ley, rasgó sus vestiduras. 20Y el rey mandó a Hilcías, a Ahicam hijo de Safán, a Abdón hijo de Micaía, a Safán el escriba y a Asaías siervo del rey, diciendo: 21«Id, consultad a nuestro Padre por mí y por los que quedan en Israel y en Judá, acerca de las palabras del libro que se ha hallado. Porque grande es su ira que se ha derramado sobre nosotros, por cuanto nuestros padres no guardaron la palabra de nuestro Padre, para hacer conforme a todo lo que está escrito en este libro».
22Entonces Hilcías y los hombres del rey fueron a Hulda la profetisa, mujer de Salum hijo de Ticva, hijo de Harhas, guarda de las vestiduras, la cual moraba en Jerusalén, en el Segundo Barrio; y hablaron con ella acerca de esto.
23Y ella les dijo: «Así dice nuestro Padre, el Dios de Israel: Decid al hombre que os ha enviado a mí: 24Así dice nuestro Padre: He aquí yo traigo mal sobre este lugar y sobre sus habitantes, todas las maldiciones escritas en el libro que leyeron delante del rey de Judá. 25Por cuanto me han abandonado y han quemado incienso a otros dioses, provocándome a ira con todas las obras de sus manos, mi ira se derramará sobre este lugar y no se apagará. 26Pero al rey de Judá que os ha enviado a consultar a nuestro Padre, así le diréis: Así dice nuestro Padre, el Dios de Israel, acerca de las palabras que has oído: 27Por cuanto tu corazón se enterneció y te humillaste delante de nuestro Padre al oír sus palabras contra este lugar y contra sus habitantes, y te humillaste delante de mí, rasgaste tus vestiduras y lloraste en mi presencia, yo también te he oído, declara nuestro Padre. 28He aquí que yo te reuniré con tus padres, y serás recogido en tu sepulcro en paz. Tus ojos no verán todo el mal que yo traigo sobre este lugar y sobre sus habitantes». Y ellos llevaron al rey esta respuesta.
29Entonces el rey convocó a todos los ancianos de Judá y de Jerusalén. 30Y subió el rey a la casa de nuestro Padre con todos los hombres de Judá, los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los levitas y todo el pueblo, desde el mayor hasta el más pequeño. Y les leyó todas las palabras del libro del pacto que había sido hallado en la casa de nuestro Padre. 31Y el rey se puso en pie en su lugar e hizo pacto delante de nuestro Padre, de andar en pos de nuestro Padre y de guardar sus mandamientos, sus testimonios y sus estatutos con todo su corazón y con toda su alma, y de cumplir las palabras del pacto escritas en este libro. 32E hizo que se comprometieran a ello todos los que se hallaban en Jerusalén y en Benjamín; y los habitantes de Jerusalén actuaron conforme al pacto de nuestro Padre, el Dios de sus padres. 33Josías quitó todas las abominaciones de todo el territorio de los hijos de Israel, e hizo que todos los que se hallaban en Israel sirvieran a nuestro Padre, su Dios. Todo el tiempo que él vivió, no se apartaron de seguir a nuestro Padre.