El corazón del Padre en el ministerio
Pablo defiende cómo se comportó entre ellos delante de nuestro Padre, sin halagos, sin disfrazar la codicia y sin imponer su autoridad. Se compara primero con una madre que amamanta y luego con un padre con sus hijos, y les recuerda que trabajó de noche para no ser una carga para nadie.
2 1Porque vosotros mismos sabéis, hermanos, que nuestra visita a vosotros no fue en vano. 2Antes bien, aunque ya habíamos padecido y sido maltratados en Filipos, como sabéis, hallamos valor en nuestro Padre para anunciaros sus buenas nuevas en medio de gran oposición. 3Pues nuestra exhortación no procede de error ni de impureza, ni tratamos de engañar a nadie. 4Al contrario, puesto que nuestro Padre nos aprobó para confiarnos el evangelio, así hablamos: no para agradar a los hombres, sino a nuestro Padre, que prueba nuestros corazones. 5Nunca hablamos con palabras lisonjeras, como sabéis, ni como pretexto para la avaricia; nuestro Padre es testigo. 6No buscamos el elogio de los hombres, ni de vosotros ni de otros, aunque como apóstoles de Cristo pudiéramos haber hecho valer nuestra autoridad. 7Sino que fuimos tiernos entre vosotros, como una madre que amamanta y cuida con ternura a sus propios hijos. 8Así, anhelándoos profundamente, nos complacíamos en compartir con vosotros no solo las buenas nuevas de nuestro Padre, sino también nuestras propias vidas, porque llegasteis a sernos muy amados. 9Pues recordáis, hermanos, nuestro trabajo y fatiga: trabajábamos de noche y de día, para no ser una carga a ninguno de vosotros, mientras os proclamábamos las buenas nuevas de nuestro Padre. 10Vosotros y nuestro Padre sois testigos de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes. 11Como sabéis, tratamos a cada uno de vosotros como un padre a sus hijos, exhortándoos, consolándoos y animándoos, 12a que viváis vidas dignas de nuestro Padre, que os llama a su propio reino y gloria.
13También damos gracias a nuestro Padre sin cesar por esto: que cuando recibisteis la palabra de nuestro Padre que oísteis de nosotros, la acogisteis no como mensaje de hombres, sino como lo que verdaderamente es: su palabra, que actúa en vosotros los que creéis. 14Hermanos, vosotros imitasteis a las iglesias de nuestro Padre en Cristo Jesús que están en Judea, porque padecisteis de los de vuestro propio pueblo lo mismo que ellas padecieron de los judíos, 15los cuales mataron al Señor Jesús y a los profetas, nos expulsaron, desagradan a nuestro Padre y se oponen a todos, 16impidiéndonos hablar a los gentiles para que sean salvos, colmando siempre la medida de sus pecados. Mas la ira los ha alcanzado por fin.
Anhelo de verlos otra vez
17Hermanos, arrancados de vosotros por breve tiempo, en persona, no en corazón, con mayor empeño procuramos ver vuestro rostro, con gran anhelo. 18Quisimos ir a vosotros, yo, Pablo, una y otra vez, pero Satanás nos lo impidió. 19Pues ¿cuál es nuestra esperanza, gozo o corona de gloria delante de nuestro Señor Jesús en su venida? ¿No sois vosotros? 20Sí, vosotros sois nuestra gloria y gozo.